(EXonline / ÁNGEL VERDUGO)

¿Qué explica esa adoración por la mediocridad y la ignorancia? ¿A qué se debe esa cerrazón de quienes todavía ayer eran analíticos y no perdonaban el menor equívoco del gobernante? ¿Dónde quedó esa capacidad para discernir lo correcto de lo incorrecto?

Pocos gabinetes como el actual, y pocos integrados por tanto mediocre e inexperto en la cosa púbica y por tanto personaje limitado intelectualmente, al grado de infundir pánico en la parte pensante de la sociedad.

Sin embargo, debo decirlo sin reticencia alguna y con pena, pocos gabinetes tan elogiados por millones de abyectos y serviles que son, se quiera aceptar o no, la fuerza principal que llevó a la Presidencia al que hoy por hoy, por encima de la evidencia aplastante que estos cuatros meses nos han ofrecido en cuanto a su incapacidad en la gobernación e ignorancia de lo más elemental de la economía, babean en los actos donde aplauden a rabiar, desde lo más profundo de su ignorancia y su afán por seguir viviendo del subsidio y la dádiva.

Además, por si necesitáremos algo más para temer por el futuro del país y su estabilidad, aquél, todavía hace gala de un total desconocimiento de lo que deben ser hoy las relaciones entre gobiernos y con la soberbia y seguridad del que todo lo desconoce, presume una visión caduca de lo que debería ser la relación del gobernante de un país como México —en las actuales condiciones de incertidumbre e inestabilidad en el mundo— con sus pares.

Las características que definen ya a este gobierno y con seguridad será recordado por ellas, son la mediocridad y la ignorancia junto con el servilismo y la abyección de quienes lo rodean.

Ante lo que vemos y padecemos, valdría la pena preguntarnos —aun cuando nada pudiéremos hacer— lo siguiente: ¿Qué explica esa adoración por la mediocridad y la ignorancia? ¿A qué se debe esa cerrazón de quienes todavía ayer eran analíticos y no perdonaban el menor equívoco del gobernante? ¿Dónde quedó esa capacidad para discernir lo correcto de lo incorrecto, las propuestas viables y positivas de las ocurrencias y los desatinos? ¿Dónde están los que todavía ayer desmenuzaban las posiciones y propuestas del gobernante a la luz de la realidad y con la obligada objetividad, y criticaban lo erróneo de las mismas?

¿En qué parte del camino que nos llevaría sentar las bases de un mejor futuro para todos, habrían quedado tirados la congruencia y el afán de lograr que las políticas públicas fueren acertadas, y en verdad respondieren a las condiciones del país y su economía?

¿Qué les pasó a las neuronas de millones de mexicanos? ¿Atrofiadas como consecuencia del virus de la indecencia y la falta de dignidad? ¿Y dónde quedó ésta y la valentía para señalar errores u omisiones del gobernante? ¿Acaso las sustituyeron con la cobardía del miserable, que lo único que sabe hacer para sobrevivir es extender la mano con el fin de obtener la dádiva salvadora?

¿Acaso son, en no pocos casos, las fobias personales las que determinan hoy su conducta que todo lo justifica sin importar la dignidad personal? ¿Acaso sus fobias hacia éste o aquél pesan más que exhibir un servilismo y una abyección que les eran, hace poco, intolerables e inaceptables en otros y en él mismo?

Las preguntas podrían seguir de aquí al infinito y la pregunta del título quedaría sin respuesta; ¿acaso estos seis años jamás nos atreveremos a responderla? ¿Será posible que sea tanto el pánico que sienten hoy por las reacciones del poderoso en turno que no tolera la menor disidencia, que los cobardes que hoy lo alaban hasta la ignominia esperarán a que aquél deje la Presidencia el hoy poseedor de la sabiduría del universo y la perfección sin tacha, para desfogarse y empezar a decir lo que callaron durante cinco años diez meses?

¿Qué le dirán a hijos y nietos cuando estos tengan plena consciencia del daño causado por este gobierno y su cohorte de mediocres e incapaces y serviles y abyectos donde, con seguridad, ellos fueron de los destacados? ¿Les dirán que les ganó el miedo, o el interés mezquino de querer obtener ciertos privilegios y posiciones?

¿Qué dirán mañana los que hoy, como un dirigente empresarial que exuda servilismo y se regodea en expresiones lambisconas como la de hacer una obsesión esto o aquello? ¿Y qué decir del banquero que aplaude decisiones peligrosas, como la de vaciar algún fondo destinado a enfrentar contingencias de otra índole, diferente a la que se usa hoy para justificar el uso indebido de miles de millones de pesos?

 

Al final, ¿qué queda de todo esto? Una pregunta sin respuesta: ¿Por qué la adoración de la mediocridad y la ignorancia? ¡Pobre país!